Ojos apuntando al cielo

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Por Leonel García

El 14 de febrero de 1990, hace 30 años y seis días, la sonda Voyager 1, que había partido de Cabo Cañaveral el 5 de setiembre de 1977, apuntó hacia la Tierra y sacó una foto. Estaba a unos 6.050 millones de kilómetros de la Tierra, ya por fuera del sistema solar. Esa foto, cuya existencia fue sugerida a la NASA por el astrónomo, astrofísico y divulgador científico Carl Sagan, lleva por título Un punto azul pálido (Pale Blue Dot), y lo que muestra es una cuestión minúscula, que podría confundirse con una basurita en medio de una inmensidad oscura, apenas perceptible sobre un rayo solar. Nosotros.
«Mirá ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amás, todos los que conocés, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada ‘superestrella’, cada ‘líder supremo’, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol», escribió Sagan en 1994.
Ahí estaba todo y a la vez era nada, en comparación con la inmensidad del universo. Para Diego Etchevers, fundador de la Sociedad Astronómica Octante, no hay mejor prueba de lo pequeño del hombre y del mundo que lo rodea. Es un hecho que, desde el espacio, mirar a la Tierra no es -al menos desde que Yuri Gagarin se maravillara de su azul en 1961 y a solo poco más de 300 kilómetros de altura- demasiado atractivo. Pero hacerlo en sentido contrario, desde la Tierra a un cielo limpio, es absolutamente lo contrario. Un número indeterminado de aficionados uruguayos, en grupo o solos, pero siempre por su cuenta, dan fe de ello.
¿Qué es un cielo limpio? Según la maestra Victoria Marinari, guía turística y astronómica del Club de Trekking y Senderismo del Uruguay, además de docente hace 10 años del Planetario de Montevideo, es un cielo despejado en una noche lejos de cualquier foco lumínico; en lo posible, en el medio de la nada. La Luna es hermosa y posiblemente sea el cuerpo celeste más cantado, evocado y retratado; pero si ella está llena -cuando es aún más musa- encandila y hace difícil ver los otros millones de objetos astronómicos. Mejor, entonces, que esté creciente, menguante o nueva. Y el aire tiene que estar seco, ya que cualquier humedad puede servir de interferencia entre los ojos y toda la belleza espacial.
No por nada, añade, el que es considerado el mejor cielo del mundo es el del desierto chileno de Atacama, donde están varios de los mejores observatorios del mundo. Uruguay no tiene desiertos y es muy difícil encontrar un lugar, aun en el interior rural, donde la mano del hombre en forma de focos de luz no haya llegado. Sin embargo, aún se pueden hacer observaciones muy disfrutables en lugares como Laguna Garzón, Villa Serrana, el Parque Arqueológico Mina La Oriental (en Maldonado), la Quebrada de los Cuervos (Treinta y Tres) o incluso Cabo Polonio.
A ojo desnudo. Como guía del cielo, Marinari dice a galería que lo que más le atrae es «interpretarlo». Esa interpretación incluye una conciencia ecológica, algo que es central en la concepción del Club de Trekking, fundado por cinco mujeres hace dos años. «Al que le gusta el cielo, gusta de ver los cambios, además de las estrellas y las constelaciones». En la cuenta de Facebook del grupo se anuncian sus actividades, que incluyen entre cuatro o cinco observaciones astronómicas al año, a un costo que varía entre mil y mil cuatrocientos pesos por persona, en Laguna Garzón y Villa Serrana, «a ojo desnudo», sin más asistencia que un puntero láser de largo alcance para señalar los cuerpos celestes.
«Mercurio, Marte, Venus, Júpiter y Saturno se ven a simple vista. Mercurio está muy cerca del Sol y a veces se puede ver antes del amanecer o cerca del atardecer. Lo mismo con Venus, que es otro planeta interno», asegura la guía. «En los recorridos, que son de cinco o seis kilómetros, tenemos diferentes paradas para hablar de astronomía. No se trata solo de nombrar a las estrellas, es darles su contexto», agrega. La Caminata de Luna Llena es su producto comercialmente más exitoso, con toda su carga física y mitológica, muy buscada por los interesados. Paradójicamente, el resplandor de la Luna llena hace que queden opacados otros astros hermosos de ver. Técnicamente, admite, es más interesante una noche en cuarto menguante, creciente o nueva. Otros fenómenos hermosos de ver, agrega, son la puesta del Sol y la salida de la Luna en lugares como el Cabo Polonio.

Victoria Marinari, guía del cielo. Foto: Adrián Echevarriaga.
Las Tres Marías, o Alnitak, Alnilam y Mintaka, que conforman el cinturón de la constelación de Orión, así como la Cruz del Sur, están entre los objetivos favoritos de los participantes, digamos, menos versados en la materia. A sus recorridas van muchas parejas con hijos en edad adulta, ávidos de una experiencia en un entorno «contenido» (las caminatas no son extenuantes); también hay mucho público extranjero. Los astrofotógrafos -equipados con cámaras que pueden llegar a costar, usadas, desde 2.500 dólares- ya tienen búsquedas más específicas. Juega mucho más lo brillante y lo masivo que la cercanía para requerir instrumental: la galaxia de Andrómeda, ubicada a 2,5 millones de años luz, es visible a simple vista en una noche con buen cielo, pero la estrella Próxima Centauri, a poco más de cuatro años luz, es tan pequeña que no puede verse sin equipamiento.
De todas formas, Marinari pone el acento en la experiencia. «Vos vas a ver un cielo bárbaro y estás así (hace el gesto de colocar un celular delante de los ojos) filmando. Estás viendo la Luna, en una playa llena de noctilucas y te ponés a sacar fotos… Nosotros invitamos a la gente a que descanse un poco de la pantalla, que disfruten del cielo. Es claro que hoy muy difícilmente precises la orientación de la Cruz del Sur, con el GPS ya la tenés. La naturaleza cayó en desuso», lamenta.
Los cambios en el cielo, que a todo observador le gusta ver, le provocan una mueca desaprobatoria a la guía. «No hay que olvidar que el nuestro es un perfil conservacionista. Llevamos a los turistas a un entorno ambiental para ser vivido y sentido, además les damos información, les inculcamos que se cuiden los lugares. Pero en ese marco, lo que estamos viendo es una antropización del cielo». La lluvia de satélites, como la que maravilló a mucha gente en las últimas semanas, para Victoria fue un golpe al alma. «Ha pasado mucho en los últimos meses: estás viendo una constelación y ves una hilera de satélites que pasan como sincronizados». Al principio es: «¡Ah, mirá un satélite!». Luego es: «¡Otro satélite!». Al final es: «No te puedo creer… otro satélite». De la misma manera que estamos contaminando la Tierra, estamos contaminando el cielo. Si vieras un mapeo del cielo, te asustaría la cantidad de cosas artificiales que hay arriba de nosotros, es como un basurero flotando».
En 2019, la Agencia Espacial Europea (ESA, por la sigla en inglés), señaló que solo hay 1.200 satélites en funcionamiento de los 23.000 objetos creados por el hombre en órbita lanzados desde 1957, cuando comenzó la carrera espacial. Un gran logro para los astrofotógrafos es no ya tomar una buena imagen sino evitar que esté contaminada por un elemento artificial.
Que el Sol sea una estrella «estándar» en la inmensidad del espacio -su tamaño relativo es una pregunta omnipresente en estas recorridas, así como si es cierto que la central de las Tres Marías (Alnilam) no existe más- es una demostración más de la pequeñez de los seres humanos. «Con la belleza del cielo la gente cae en la cuenta de lo minúsculos que somos y de cómo todo es relativo. Parece que estamos siempre quietos, que las figuras siempre son iguales y no es así, solo que no nos damos cuenta». Esa aparente tranquilidad contrasta con datos como que la Tierra gira alrededor del Sol a una velocidad de 29 kilómetros por segundo; como ir de Montevideo a El Pinar en un chasquido de dedos.
Mirando el pasado. Victoria Marinari señala algo obvio: es impensable algo así como un censo de admiradores del cielo, pero también es impensable salir de camping y no quedarse absorto en una noche estrellada. Los 210 socios de Montevideo e interior con los que cuenta la Asociación de Aficionados a la Astronomía (AAA), fundada el 16 de octubre de 1952, son apenas una muestra. Ellos se reúnen los martes y los viernes, de 19 a 22 horas, en su sede en el Planetario Municipal.
Ignacio Izquierdo, de 23 años, a cargo del manejo de redes de AAA, es el socio más joven de todos. Es un universo amateur que incluye gente de hasta 70 años, de todas las profesiones y oficios, donde hay más presencia masculina que femenina. Todos tienen en común su amor por el cielo, aunque han llegado a él de maneras muy distintas. A Ignacio, astrofotógrafo y estudiante de Comunicación, le atrajo la Luna. Fue por el eclipse parcial de Sol del 15 de febrero de 2017 que se acercó a la asociación, en una observación masiva que se organizó en plaza Canadá, en Punta ?Carretas.
La AAA tiene un observatorio en el Planetario, con un telescopio refractor Henry Fitz de 1850, de 23 centímetros de apertura en la boca y unos 300 de distancia focal. «Es el tercer telescopio en antigüedad activo en el mundo», asegura Ignacio. Con él se pueden ver nítidamente estrellas como Sirio, Canopus y los planetas. La asociación cuenta con otro telescopio en el Observatorio Los Molinos, en la periferia de Montevideo, pero casi no es utilizado. «Lo más común es que (los asociados) usemos nuestros propios telescopios», resume a galería. Las cuotas de los asociados varían si se es de Montevideo o interior, estudiante o no. Un estudiante de Montevideo, por caso, pagará por mes 200 pesos, 1.000 por semestre o 2.000 por año.
Un telescopio Meade 2120 puede conseguirse en Estados Unidos por 2.000 dólares, aunque por esta parte del mundo el valor puede llegar a 5.000, dice por su lado Diego Etchevers, de la Sociedad Astronómica Octante, creada en 1991 por cinco amigos que eran parte de la AAA. En ambas organizaciones se sugiere al interesado que, si quiere comprar algo, comience con unos binoculares de 7 o 10 por 50, cuyo costo -usado- puede rondar los 100 dólares. «Si te comprás un telescopio sin saber cómo usarlo, al mes lo dejás tirado porque no sabés ni cómo buscar», augura Ignacio Izquierdo.
El Planetario está en Villa Dolores, una zona de mucha afectación lumínica. Por esta razón, varios de los asociados arman sus propias salidas al interior o fuera del país. Precisamente, la necesidad de salir afuera fue lo que llevó a la formación de Octante. Esta sociedad tiene personería jurídica, instrumental y un edificio propio en Los Molinos. Sin embargo, sus principales actividades son las salidas periódicas a Villa Serrana, enclave de Lavalleja que goza de uno de los mejores cielos de Uruguay, donde Diego Etchevers tiene un predio. «La luz nos echó de Montevideo», se ríe. Octante cuenta con ocho personas «fijas», aunque a sus actividades en Villa Serrana han ido entre 50 y 60 (el grupo de Facebook, donde anuncia sus actividades, registra 85 miembros). Las actividades son gratuitas y ellos aportan varios telescopios. «Llevamos nueve o 10, debemos tener 30. Ha venido incluso gente de Bélgica y Holanda a ver el cielo».
Diego reivindica el rol del aficionado a la astronomía. «Los astrónomos profesionales muy pocas veces salen a observar, trabajan a partir de registros. ¡Pero las observaciones no pueden hacerse en los escritorios!». A simple vista, en un cielo limpio pueden verse objetos de hasta magnitud aparente (brillo) 6; fotográficamente las cámaras llegan a magnitud 14 o 15. En esas jornadas en Villa Serrana han logrado tomas hermosas del Centro Galáctico, con todo un mosaico de nebulosas, cúmulos abiertos y cerrados, y todas las constelaciones posibles.
«Las mejores preguntas las hacen los niños, ¡excelentes preguntas!», se entusiasma Diego. Su afición comenzó en 1986, con el promocionado paso del cometa Halley (que resultó ser bastante decepcionante dada su distancia a la Tierra). Y lo que le sigue atrayendo es lo mismo que le suelen preguntar los niños: al mirar el cielo, ¿estamos mirando el pasado? No por nada las distancias en el espacio se miden en años luz. Sirio, la estrella más brillante vista desde la Tierra, está a 8,6 años luz del sistema solar; esto es: la luz que vemos en este momento es la que salió de ese astro hace 8,6 años.
«Ahora se está hablando mucho de Betelgeuse (de la constelación de Orión), una estrella que está perdiendo brillo de forma constante desde hace un tiempo. Eso da a entender que se está convirtiendo en una supernova o sea que va a perder su brillo y explotar. Si eso pasara, se iluminaría todo el cielo y se vería incluso de día. Pero si eso hubiese pasado, no se sabe si lo veríamos en un año, en 10 o en 500», dice este astrónomo aficionado (y agente del Banco de Seguros) a galería, sin disimular el entusiasmo. Betelgeuse se encuentra a 642,5 años luz de distancia. Su luz, que veremos esta misma noche, fue emitida en el año 1378 de la Tierra, cuando comenzaba el Cisma de Occidente en la Iglesia católica, terminaba la Edad Media, los musulmanes ocupaban el sur de España y faltaban 114 años para que Cristobal Colón pisara suelo americano. Como para no asombrarse y mantenerse humildes.
EL RENOVADO PLANETARIO Y LOS CIELOS DESDE TODOS LOS LADOS
Luego de dos años y 12 días, el 21 de diciembre de 2019 el Planetario de Montevideo volvió a proyectar el cielo en el domo de acero que tiene por techo. Lo hizo con un nuevo sistema digital con seis proyectores láser, tras una inversión -entre el sistema y el acondicionamiento edilicio- de dos millones de dólares.
Oscar Méndez, director del Planetario desde 2004, dijo a galería que con este nuevo sistema, provisto por la misma empresa que trabaja con el Planetario de París -la francesa RSA Cosmos-, con una resolución de 8 k, deja al edificio de Villa Dolores a la vanguardia mundial en lo suyo. «Es el mejor planetario de todas las Américas. No es solo una proyección astronómica, permite proyectar lo que vos quieras».
Para quienes no pueden salir a buscar un cielo limpio en el interior, el Planetario les ofrece «la posibilidad de posicionarse en cualquier fecha, en cualquier parte del planeta o del universo conocido y ver el cielo desde la Tierra o desde afuera de ella». Esto es, por caso, ver el cielo desde cerca de la actual Nápoles el 24 de agosto del año 79 y ver cómo fue la última noche que vieron los habitantes de Pompeya, antes de que el Vesubio la destruyera, o posicionarse desde la superficie de Marte, Canopus o cualquier galaxia lejana y conocida. De hecho, se puede introducir dentro de una estrella.
En rigor, el viejo proyector Spitz (ahora jubilado), que hasta 2017 era único en su estilo en funcionamiento en el mundo, instalado en 1954 (el Planetario comenzó a funcionar en 1955), podía ubicarse en cualquier lugar de la Tierra y en cualquier fecha y proyectar su cielo, pero de forma manual y luego de ajustes que exigían su tiempo. Además, no podía adoptar la perspectiva desde fuera del planeta. «Esto se hace ahora con una ventana de diálogo en un software», dice Méndez.
Por ahora, las actividades son gratuitas los días viernes, sábado y domingo en los horarios indicados en el portal web (planetario.montevideo.gub.uy). Las entradas se entregan por orden de llegada antes de las funciones. Las aproximadamente 160 localidades se agotan rápido.

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