Qué ves cuando me ves: cómo construimos nuestra primera impresión sobre una persona

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Los psicólogos se refieren como “corte fino” a nuestra capacidad de sacar conclusiones sobre cómo es una persona en pocos segundos, basándonos en el análisis rápido de cómo viste, cómo habla y la expresividad del rostro de quien tenemos delante. Es lo que popularmente se conoce como primera impresión, y que puede ser determinante para que decidamos contratar a alguien, hacer negocios con él, o pensar en tener una relación amorosa o de amistad.Los japoneses usan la expresión «koi no yokan» para referirse a la sensación que uno tiene, en el instante de conocer a alguien por primera vez, de que inevitablemente se enamorará de él o de ella.

Hay una docena de suposiciones que la gente hace en los tres primeros segundos después de conocernos, tales como juzgar si merecemos o no su confianza –y si por tanto estarían dispuestos a ser nuestros amigos–, nuestra situación socioeconómica, nuestra inteligencia, y lo dominantes que cree que somos.También hace suposiciones sobre cuánto dinero ganamos, si somos aventureros, religiosos o agresivos, sobre nuestra capacidad de liderazgo, o si somos extrovertidos o no.

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Las primeras impresiones “responden a la necesidad de los humanos para estructurar el mundo de la manera más sencilla posible, cosa que es al mismo tiempo práctica y simplista”, dice la doctora Mónica González-Carrasco, del departamento de Psicología de la Universitat de Girona, España. En opinión de Gemma Tió, psicóloga del centro Psigma en Barcelona, “en líneas generales, el atractivo de una persona, su expresión, su forma de vestir y su postura pueden indicar posibles indicios de seguridad o inseguridad en si mismo, su nivel cultural y social, su extraversión o introversión”.

La forma de «analizar» al otro tiene mucho que ver con el ámbito en el que se lo conoce.

Se han hecho estudios para ver qué tipo de información tiene más peso (rasgo central) y cuál menos (rasgo periférico). Por ejemplo, “los adjetivos «fría» y «afectuosa» suelen tener un peso muy importante a la hora de formarse una determinada impresión de una persona, por encima de otras características”, dice González-Carrasco.Pero la realidad es que “la formación de impresiones es un proceso que funciona de manera muy automática, y por el cual se infieren características psicológicas​ a partir de la conducta de las personas. Estas inferencias se organizan –luego– en una impresión coherente”, explica la psicóloga. 

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Lo que sucede es que cuando, por ejemplo, vemos cierta sonrisa, “nuestro inconsciente​ la reconoce porque es muy parecida a la de Luisito del colegio y la asociamos a un recuerdo emocional, por ejemplo a una broma pesada y al sentimiento de ridículo o de vergüenza. Entonces, se activan nuestras defensas para evitar que esa situación vuelva a pasar. Aunque la persona con la que estemos interactuando no tenga tales intenciones, nuestro inconsciente nos previene de esa posibilidad y hace que juzguemos o, mejor dicho, prejuzguemos”, aclara el psicólogo Leopoldo Ceballos.Todos nos movemos en múltiples entornos. Nuestro lugar de trabajo, el gimnasio, nuestro círculo de amistades y los lugares de ocio que frecuentamos, por poner algunos ejemplos. “Dependiendo del contexto en que se conozca a alguien estaremos más pendientes de evaluar un tipo de variables u otras. No es lo mismo conocer a alguien que puede ser tu pareja que conocer a un posible candidato para entrar en una empresa o tener a un paciente delante que requiere nuestra ayuda”, explica Tió.

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La ventaja de las primeras impresiones es que, como todo proceso automático, “nos lleva poco trabajo”, dice González-Carrasco. Del otro lado, el riesgo es –según esta misma psicóloga– que “podemos recurrir a estereotipos​ e ideas preconcebidas”.Estos estereotipos están basados en “la experiencia personal y pueden consistir en prejuicios​ creados por creencias individuales que tiene cada uno sobre lo que ha vivido hasta ese momento”, añade Tió. Además, también juegan su papel aspectos como “la cultura y la educación que hemos recibido, y las asociaciones que hacemos de determinados rasgos”, asegura González-Carrasco.Lo que sucede es que “cuando reconocemos cierta característica sutil en alguna persona es porque la re-conocemos, es decir, ya la conocíamos de nuestra relación con familiares, amigos o compañeros de clase en el colegio, y la hemos vuelto a ver”, añade el psicólogo Leopoldo Ceballos.

Para la psicología, en una primera impresión de alguien muchas veces «re-conocemos» gestos de personas que ya conocemos.

En este sentido, otra cosa importante es que tendemos a fijarnos “en aquella información que confirma la primera impresión que nos hemos hecho, y a descartar la que no la confirma. A veces eso puede llevar a la falsa sensación de que la primera impresión es la que vale”, explica esta experta. Por este motivo, “estaríamos siendo poco racionales si nos dejáramos guiar sólo por esa primera impresión, aunque puede ser que después se confirme”, dice Tió.Por eso, a pesar de que es posible “sacar conclusiones ciertas de cómo es alguien a partir de un vistazo rápido, siempre hay que considerarlas como primeras hipótesis, que es necesario contrastar con más información, ya que sino nos podemos precipitar sin hacer un juicio objetivo”, añade la psicóloga del centro Psigma.

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Eso quiere decir que es perfectamente posible “cambiar una primera impresión, pero requiere conocer con más profundidad a la persona y tener una actitud abierta para tener en cuenta información adicional”. Por otro lado, a menudo “tendemos a comportarnos de acuerdo a cómo pensamos que los otros nos ven –lo que se conoce como efecto Pigmalión– cosa que vuelve a reforzar la primera impresión”, dice González-Carrasco.Fuente: Albert Molins Renter para La Vanguardia

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