Celular: ¿Estamos perdiendo el sentido de orientación por la tecnología?

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Hasta hace poco, cuando la gente tenía que ubicarse en la ciudad acudía a la memoria o la lógica. Para llegar a la casa de un amigo, las personas guardaban en su cabeza sitios de referencia como droguerías, panaderías o puentes emblemáticos. “En Bogotá, uno se ubicaba hacia el norte diciendo ‘eso queda en el primer puente o en el segundo. Pero ya no se usa”, cuenta a SEMANA un abogado de 63 años que en su infancia recorría a pie o en bicicleta barrios enteros guiado solo por su instinto. “Hacia el Oriente por los cerros y hacia el Occidente por el cerro de Suba”, agrega.
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Hoy, el ejercicio de ubicarse por los puntos cardinales sigue vigente, pero el GPS y los celulares lo ha reemplazado con creces. Nada ofrece más seguridad en un viaje que ir acompañado de Google Maps o de Waze, que además indicará la vía más despejada. En muchos sentidos, estas aplicaciones facilitan la vida, sobre todo de quienes tienen pésimo sentido de la orientación. Sin embargo, varios científicos y expertos creen que recurrir a la tecnología de manera constante afecta la capacidad de navegación de los humanos.
Uno de ellos, el periodista científico Michael Bond, publicó recientemente su libro Wayfinding: How we Find –and Lose– Our Way. En este afirma que, en dos generaciones, el porcentaje de los niños que pueden ir a un lugar diferente a su colegio sin ayuda ha caído del 94 al 7 por ciento.

Lo anterior contrasta con las brillantes historias de orientación y supervivencia que Bond también recoge en su libro. Está, por ejemplo, la del aviador y marinero sir Francis Chichester, quien durante un vuelo de Nueva Zelanda a Australia, tuvo que recurrir a un viejo sextante para recuperar su ubicación. Con sus pies, rodillas y codos usó la herramienta decenas de veces para poder mantener las manos libres y así pilotar el avión. Pero más extraordinaria resulta la de los caminantes inuit, que habitan en las regiones árticas de América del Norte y usan los patrones creados por el viento como marcas de referencia. Entre ellas está el murmullo que hace el aire en las montañas o las marcas que dejan los ventarrones en la nieve. Bond explica que esto no es más que un acto rutinario de orientación para los caminantes inuit, pero para un citadino sería prácticamente imposible.
¿La razón? La ciencia ha descubierto que la habilidad para orientarse se va perdiendo con el tiempo. Durante siglos permaneció en el misterio la forma como el sentido aeroespacial operaba en el cerebro. Pero hace unos años, tres investigadores descubrieron que diferentes tipos de neuronas ‘mapean’ el espacio y permiten a las personas navegar por él. En pocas palabras, existe un grupo de células cerebrales dedicadas específicamente a ubicar al individuo en una cuadrícula imaginaria. Estas calculan su altura, la velocidad de su desplazamiento y de esa manera lo orientan sobre los límites y bordes que tiene al frente. El hallazgo le valió a los neurocientíficos John O’Keefe, May-Britt Moser y Edvard I. Moser el Premio Nobel de Medicina en 2014.
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  Se sabe que estas neuronas están ubicadas en mayor medida en la corteza entorrinal o el hipocampo. Cuando una persona las ejercita con frecuencia, como los inuit o los taxistas, aumentan su tamaño. Pero dejar de usarlas produce el efecto contrario. El tamaño podría parecer irrelevante, pero los científicos han comprobado que tener un hipocampo extendido protege contra la demencia. Por eso, Bond concluye que el uso excesivo del GPS podría exponer a la persona a un deterioro cognitivo más temprano.

La ciencia también ha descubierto que no todas están igual de dotadas para desarrollar la comprensión espacial del entorno. Para empezar, hombres y mujeres tendrían estilos de navegación divergentes. Según un trabajo del University College de Londres, publicado en 2018, ellas tienden a prestar más atención a los puntos de referencia y a planear las rutas desde su propia perspectiva. También son mejores que los hombres a la hora de recordar dónde están los objetos. En cambio, ellos son más propensos a orientarse según la posición del Sol o los puntos cardinales, y suelen tomar vistas panorámicas o espaciales para ubicarse. Este último método suele ser el más utilizado por los navegadores y por eso muchos han especulado que los hombres son mejores ubicándose que las mujeres.
Pero Bond no solo está interesado en cómo las personas encuentran su camino, sino también en cómo lo pierden. Citando al neurocientífico Joseph LeDoux, describe que perderse en un bosque u otros entornos desafiantes desencadena un apabullante cierre emocional y mental: el pánico. Las personas básicamente pierden la cabeza. Corren, ignoran los puntos de referencia e incluso pasan muy cerca de los rescatistas sin darse cuenta. El sentimiento de estar desubicado resulta tan enloquecedor que muchos siguen caminando hasta que alguien los encuentra o hasta que colapsan. Según Bond, quedarse en el mismo lugar casi siempre es la mejor opción.
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La historia de la madre colombiana que sobrevivió 34 dias en la selva del Amazonas con sus tres hijos es el mejor ejemplo. La familia salió a una caminata por la selva, pero acabó en una población indígena remota. Sin embargo, como lo relató SEMANA, el episodio hubiera tenido un final trágico si María Oliva Pérez, la madre, no hubiera crecido cerca de la selva y no tuviera conocimientos básicos sobre cómo sobrevivir allí.
Relatos como estos llevan a Bond a concluir que el GPS y el celular, en vez de ubicar, podrían llevar a las personas a perder su camino en un sentido más amplio. “Cuando usamos navegación por satélite y otras aplicaciones equipadas con GPS, la mayoría de las veces pasamos por alto al mundo”, concluye. Por eso invita a todos a poner a prueba las habilidades de orientación y sentir placer en el hecho de perderse de vez en cuando. 

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