El clima en la semana (y en la historia): caliente, seco y ventoso

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Mario Minervino / mminervino@lanueva.com   Febrero terminó siendo un mes con muy poca agua. Apenas 4,5 mm en todo el mes, el 6% de los 66,2 de su media histórica. Ese milimetraje anticipa un 2020 seco, corrigiendo la engañosa insinuación de enero, que con 68,1 mm superó su media de 57,3.   El bimestre enero-febrero sumó 74,1 mm, por debajo de la media de 123,5 mm. Marzo es, en los papeles, el mes más lluvioso del año. Así lo señalan las mediciones. Debiera rondar los 79,4 mm. Sin embargo, los meteorólogos anticipan que «no hay buenas perspectivas» para que alcance ese valor. «Vamos a estar por debajo, sobre todo en nuestra ciudad y la región. No creo que lleguemos a estar ni cerca de los valores normales», señaló Carlos Zotello, licenciado en Ciencias de la Atmósfera, investigador del CERZOS-CONICET en nuestra ciudad.   Acerca de las elevadas temperaturas que se esperan para esta semana –la empresa Satelmet anticipa máximas de 40º, 41ª y 41º para los próximos tres días– las mismas son, según Zotello, «más propias de enero que de marzo», y señaló que si nbien se pueden encontrar algunas explicaciones a este fenómeno, el mismo se verifica con una atmósfera que, apunta, «está muy extraña».   «Veo a marzo muy caliente, al otoño demorado en su inicio y con pocas lluvias. Como será el resto del año es complicado de anticipar», agregó.Calores de otras épocas   «En estos días caniculares es un sacrificio enorme andar por las calles de nuestra ciudad. El sol caldea el pavimento, la atmósfera se pone como boca de horno y los gordos y los de pescuezo corto se sienten con fiebre en la cabeza». La Nueva Provincia, 12 de diciembre de 1908   Salvo San Fernando de Catamarca, ninguna ciudad del país registra una temperatura tan alta como la de hoy en Bahía Blanca. Si en la semana alcanza los 41º C estimados estará cerca de los 43,2 ºC que conforman nuestro récord histórico, medido en enero de 1980. O al menos el registrado de manera oficial. Porque jornadas ardientes, muchas.   En diciembre de 1910 hubo un día de 41 ºC, «temperatura más que sofocante, que de día obliga a permanecer en el baño, huyendo de las crueldades de una temperatura africana, y de noche se produce el éxodo en procura de una ración de brisa al parque de Mayo», comentó este diario.   Otro diciembre, de 1912, fue descripto con conceptos claros y contundentes: «van tres días fatales, que aniquilan todas las energías. Se ve un ambiente de exudaciones, de caras abotagadas, de cabelleras lacias y destilantes, de sombreros por el aire en rabiosa imitación de ventiladores. Tardes bochornosas de pañuelos que realizan funciones de tohalla (sic), de estómagos convertidos en toneles sin fondo».   En enero de 1913 hubo una jornada calificada como «bochornosa», con 52 ºC a la sombra. Esos datos fueron tomados por el óptico Ambrosio Proverbio, quien además midió una humedad del 10%. Ese día, los obreros que construían el Teatro Municipal se refugiaron a la sombra de los árboles y los pocos audaces que intentaron lucir sus elegantes toilettes por la avenida Alem descubrieron que la tierra formaba en esa calle «un infierno que arruinaba rostros y trajes».   El mismo Proverbio registró un infierno similar dos décadas después, cuando en enero de 1934 midió 43,6 ºC a la sombra, en un ambiente «irrespirable, tropical y asfixiante».   Otra fecha «abrasadora» fue la del 4 de enero de 1883, cuando el termómetro trepó a 45 ºC a la sombra. El periodista Lucas Abad advirtió cómo los gatos, «las primeras víctimas del calor», comenzaron a morir. Más preocupado se sintió ese día Felipe Caronti, quien aseguró que «jamás en Bahía Blanca se notó tanto calor», apara agregar en tono apocalíptico que «de continuar así, peligra la existencia de todos los habitantes».   Por último, una crónica de enero de 1930 dio cuenta de un día con 40,8 ºC a la sombra. «La atmósfera era achicharrante, dando cuenta de un día «de horno caldeado al blanco». «Si el sol quemaba la tierra, el aire quemaba el rostro, dañaba la vista y provocaba un estado de asfixia inaguantable. Era un vaho de fuego que invadía todo, que convertía en esponjas excitantes a los transeúntes y en el interior de las casas hacía caer todos los velos».

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