La Comunicación No Verbal y su peor riesgo

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La decadencia del imperio de la palabra -lo verbal- como producto de la digitalización comunicacional, ha traído muchas consecuencias, y entre ellas se destaca el auge del análisis de la comunicación no verbal. En programas de televisión se pasean supuestos expertos sentenciando que tal o cual persona hizo determinado gesto, como expresión de una que otra emoción, para intentar desentrañar cuan gurúes de la post-palabra, el contenido oculto detrás de cada movimiento del cuerpo.

Algo de culpa tuvo la serie americana Lie to me, protagonizada por el genial Tim Roth e inspirada en el psicólogo Paul Ekman. Este personaje desarrolló estudios para intentar corroborar o desestimar la tesis de Charles Darwin, según la cual existen expresiones faciales de emociones de carácter universal, lo que equivale a decir que, por ejemplo, el miedo, lo expresa igual un pigmeo mbuti que un estudiante filipino, un esquimal aleutiano o el mismísimo lector de estas líneas. Sus resultados fueron publicados y le valieron un extraordinario éxito. Ahora bien, que las emociones primarias, las cuales el doctor Ekman sostiene que son siete (sorpresa, alegría, tristeza, temor, ira, asco y desprecio), se expresen en el rostro de la misma manera, no significa que el motivo desencadenante sea monocausal y multi contextual. Pongamos un ejemplo sencillo. Hay tribus que comen serpientes, no les temen y el ambiente determinante de su aprendizaje social (que sumado a los genes conforman la base de todo comportamiento en el animal humano) ha determinado que en lugar de mostrar la expresión de temor propia de la percepción de un estímulo visual con ese bicho espantoso de protagonista, los integrantes de esas tribus se alegren al verlo. Es decir, en nuestra neurobiología la serpiente nos produce la emoción del miedo que se expresa en el rostro por la acción de determinados músculos, pero ese es el componente genético, al que hay que sumarle la experiencia en la relación con el ambiente; de esta manera, unos aborígenes se alegran de ver una serpiente y en lugar de elevar el extremo interno y externo de las cejas, activar la porción palpebral inferior y el musculo risorio y platisma juntos (descripción somera de la expresión facial del miedo), sonríen elevando las mejillas por acción del músculo cigomático mayor y hasta muestran pliegues radiales en el ángulo externo del musculo orbicular en la porción orbital de los ojos (las famosas “patas de gallo” de las que tantos citadores de Duchenne hablan, para describir una sonrisa genuina). Si al mecanismo desencadenante de la expresión de determinadas emociones le sumamos la influencia de las neuronas espejo, descubiertas luego de los estudios del doctor Ekman y que sin duda se activan cuando observamos la expresión facial de las emociones de nuestro interlocutor, sostener que los gestos gozan de una autonomía funcional, acompasada con el libre albedrío tantas veces mentado, es una de las barbaridades más anticientíficas que se pueden decir. Y mejor ni entrar en la discusión entre los fanáticos de la Teoría de la Emociones Básicas y los de la Ecología del Comportamiento, porque esto se hace interminable y no es el objeto de estas palabras. ¿Adónde queremos llegar con toda esta explicación latosa? Por de pronto, a un cuestionamiento fundamental respecto del rol que los interpretes de la comunicación no verbal deben ejercer cuando intentan divulgar conocimientos con frases sentenciosas. En primer lugar, cuando se estudia la comunicación no verbal en las universidades serias, se lo hace como una unidad dentro de la materia Etología, en la carrera de Ciencias Biológicas. La Etología es la rama de la biología que estudia el comportamiento animal en condiciones naturales, y que por supuesto también tiene sub ramas, entre las cuales se encuentra la Etología Humana. Sí, es aburrido definir todo esto que forma parte de la academia, pero justamente lo hacemos para que dejen de brotar mercachifles que propalan cualquier incoherencia en la televisión y las redes. Las universidades suelen ser un filtro para que el público no consuma fast-food comunicacional, pero a veces fallan. La comunicación no verbal es una unidad, quizá la más importante dentro del análisis de la Etología Humana (el comportamiento del animal humano), e intentar “nomenclar” cada acto no verbal del animal humano con arreglo a libros de americanos exitosos que lograron ese éxito justamente por no haber sido filtrados antes por académicos capaces de divulgar con gracia y conocimiento los estudios del comportamiento humano, es una barrabasada propia de un país que sufre en su educación un proceso de deterioro nunca antes visto. Es más, intentar definir en cada acto no verbal una conducta emocional sin siquiera saber que una emoción implica una experiencia neurobiológica, una actividad fisiológica y un componente expresivo, es típico de mercachifle. Lo peligroso de los mercachifles es que, en su infinita ignorancia disfrazada de sabiduría, convierten en pseudociencia lo que viene siendo estudiado hace décadas con la rigurosidad de la biología y la sistematicidad de la sociología, entre otras disciplinas. Ya sucedió con la fisiognomía, gracias a los Lombroso de la vida. Por eso es importante que no suceda con la comunicación no verbal. El diccionario de la Real Academia Española posee cerca de ochenta y ocho mil vocablos, y nos comunicamos el noventa por ciento del tiempo con sólo quinientos de ellos. Los jóvenes de entre quince y dieciocho años utilizan alrededor de doscientos cincuenta, un número similar al que pueden interpretar con eficiencia los chimpancés y los bonobos. No hagamos que a la decadencia de la palabra le siga la incapacidad de comprender los actos no verbales de los animales más complejos de la fauna de este mundo, pues si eso sucede nuestros primos simios se van a empezar a reír de nosotros. El autor es politólogo, especializado en Comunicación No Verbal (U. Austral) y docente de posgrado (UCA).

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