Coronavirus en la Argentina: cuidarme, cuidarte, cuidarnos, cuidarlos

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17 de marzo de 2020  • 20:13

Un resfrío me obligó a extremar los cuidados, a no salir de casa, a tener las entrevistas online… Si no fuera por eso, quizás, sería una más de los que caminan en la calle pudiendo quedarse en casa. De todos modos, gracias a ese resfrío decidí «guardarme» y entonces miro al resto de la gente que circula tranquila por la ciudad y me preocupo. No soy alarmista ni paranoica, no hablo desde el pánico. Me gustaría que no lleguemos a la situación en la que está hoy Europa. Tenemos que extremar los cuidados en nuestro país porque, además, no tenemos los recursos para atender a tantos infectados. Por suerte nuestro gobierno se adelantó y canceló clases y tomó muchas medidas razonables para que el virus se propague lo más lentamente posible y afecte a la menor cantidad de personas.

Obviamente, mucha gente tiene que seguir saliendo a la calle: las fábricas tienen que seguir produciendo, los supermercados tienen que seguir vendiendo, los sanatorios y hospitales tienen que atender pacientes. No todos los trabajos pueden hacerse a distancia desde casa. Todas esas personas extremarán los cuidados al andar por la calle, en los medios de transporte. Al llegar a cada destino, deberán minimizar la posibilidad de llevar el virus con ellos.

Pero… muchas cuestiones atentan contra esta decisión de sentido común de cuidarnos y al mismo tiempo cuidar a los demás, y nos distraen del hecho de que, al no cuidarnos, estamos desprotegiendo a otros también, incluyendo a nuestros seres más queridos.

¿Qué podría nublarnos la vista e impedirnos hacerlo?

La negación:

¡No pasa nada!, ¡qué exageración! Eso implica no reconocer lo sencillo que es que el virus nos «toque» en una baranda, en un pasamanos, en una conversación con otra persona, en un estornudo de alguien que no se tapó bien la boca y que luego lo hagamos entrar en nuestro cuerpo con una acción automática e involuntaria como tocarnos la nariz, los ojos o la boca. Implica también no entender lo indispensable de la cuarentena al llegar de viaje, o al haber estado en contacto con algún afectado.

La omnipotencia:

«A mí no me va a pasar, y tampoco a mis seres queridos, esas cosas le pasan a otra gente». Es tan fácil caer en esa forma de pensar. Tengamos especial cuidado con los adolescentes, etapa de mucha omnipotencia, atentos a conversar con ellos -sin atormentarlos- y también vigilarlos, porque ¡de verdad creen que no les va a pasar nada!

Narcisismo/egocentrismo:

nos cuesta mirar más allá de nuestra propia nariz. Si tengo ganas y me hace bien, lo hago y sin registrar que puedo estar poniendo en riesgo a otras personas cuando no respeto las pautas que dio el Gobierno. No me «guardo» en caso de duda, y no tomo decisiones pensadas en beneficio de todos.

Rebeldía natural:

a los argentinos no nos gusta que nos impongan reglas y nos sentimos muy «piolas» cuando las violamos. Hoy es muy importante que mandemos a guardar al eterno adolescente que tenemos dentro, bajemos la cabeza y ajustemos a rajatabla a lo que nos piden aquellos que saben sobre el tema. No lo hacen para molestarnos, sino para cuidarnos a todos.

Cuesta porque cuando entendemos cabalmente lo que pasa, podemos pasar de una omnipotencia -irreal- a una tremenda sensación de fragilidad y miedo. Pero luego llegaremos a una etapa de potencia, ya no omnipotencia: sé lo que tengo que hacer y lo hago para disminuir los riesgos, para cuidarme a mí mismo, a mi entorno cercano, a mi país y al planeta.

Cuanto más pronto lo entendamos todos y actuemos, más rápidamente podremos volver a la vida normal, dejando atrás esta pandemia que hoy golpea tan fuerte nuestra forma de vida.

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