Pendientes a la salud mental en tiempos del Covid-19

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La declaración de pandemia al coronavirus es una situación colectiva de alto impacto, que produce un efecto inevitable en las emociones de los ciudadanos de muchos países. Tanto los riesgos a los que están expuestas las personas en términos de la posibilidad de contagio, como las medidas que es preciso tomar, tienen repercusiones psicológicas que es importante reconocer y atender a tiempo.

Las consecuencias de la exposición a estos eventos trastornan en diferentes grados los dominios de la vida cotidiana de las personas. En situaciones de emergencia complejas, se produce un incremento de los signos de sufrimiento psicológico como la aflicción, la ira, el miedo o la tristeza, entre otras emociones fuertes.

Experimentar una situación que ponga en peligro la vida, es uno de los eventos más serios que una persona puede soportar. Sus efectos sobre la salud mental y el comportamiento se pueden ver a corto y a largo plazo, en perturbaciones psicológicas como ansiedad, estrés, depresión, somatización o uso abusivo de alcohol, marihuana o medicamentos psiquiátricos.
¿Por qué sucede esto?
La percepción o la incertidumbre por la posible ocurrencia de una catástrofe pone al cerebro en máxima alerta. Por lo tanto, se activan todos los sistemas de defensa desencadenando unas conductas y respuestas fisiológicas diseñadas biológicamente para maximizar la supervivencia individual y colectiva. Lo que se conoce como el instinto de conservación.
Por eso, es normal que las primeras reacciones sean de temor, pánico, angustia, nerviosismo o agitación. Lo que a su vez nos lleva a actuar de manera reactiva frente a la preocupación por nuestra propia seguridad, pero también por la de los otros. La ansiedad intensa y el alto nivel de tensión pueden llevar a reacciones desproporcionadas o que se salen de control, como aprovisionarse exageradamente de alimentos, medicinas o productos de aseo.
Por el contrario, también se puede presentar el otro extremo, que apunta hacia las reacciones positivas del comportamiento humano como la resiliencia, la adaptación, la empatía o el despliegue de la creatividad, que permiten enfrentar con mayores y mejores recursos las adversidades.
Se asume que, con asistencia apropiada, la mayoría de los individuos retornará a su comportamiento normal y poco a poco van emergiendo patrones de recuperación que les va a permitir adaptarse a los problemas y se pasa a un nivel de aceptación y ajuste de la nueva situación.

La atención de la salud mental de las personas en un evento de emergencia cobra una importancia capital. Saber qué hacer con las emociones, es decir hacer un afrontamiento psicológico adecuado, es uno de los grandes retos frente a la declaración de pandemia del coronavirus.
Síntomas de alarma con las dificultades emocionales
En la mayoría de los casos muchas actitudes y sentimientos que se producen en situaciones como las que vivimos con el coronavirus son reacciones adaptativas a un evento extraordinario.
Sin embargo, es común encontrar que algunas personas en determinados momentos, dependiendo de muchas variables individuales, se vean expuestas a estado emocionales y mentales que interfieren con su funcionamiento social, familiar o laboral. Es muy importante estar atento atentos a la presencia de una serie de síntomas y a su intensidad y frecuencia, por si es preciso acudir a ayuda profesional.
– Inquietud o sensación de estar atrapado o con los nervios de punta o de estar paralizado por el miedo.
– Sensación de peligro inminente de enfermar o morir.
– Dificultad para concentrarse, recordar eventos o interesarse por otros asuntos.
– Estar permanentemente preocupado y no poder dejar de pensar en otra cosa que no sea la enfermedad.
– Estallidos emocionales continuos y con presencia de agresividad. Irritabilidad, intolerancia y excesiva susceptibilidad.

– Estar en estado de alerta que lleva a percibir sensaciones corporales como aumento del ritmo cardíaco, respiración acelerada (hiperventilación), tensión muscular, escalofríos, sudoración, temblores.
– Dificultad para desarrollar labores cotidianas o realizar su trabajo adecuadamente.
– Alteraciones persistentes del sueño. Problemas para conciliarlo o que este sea realmente reparador.
– Tristeza permanente.
– Aislarse, evadir el contacto con otras personas o mostrarse solitarios.
– Constante preocupación por lo que está sucediendo.
– Síntomas físicos sin justificación, como cefaleas o dolor abdominal, dificultad para respirar, taquicardia.
– Fatiga o cansancio permanente. Falta de energía.
Actitudes positivas para gestionar las emociones en confinamiento
– Reconocer y aceptar que todos necesitamos apoyo cuando hay una crisis colectiva.
– Reconocer y validar las emociones (propias y de los otros) que genera el aislamiento como estrés, ansiedad, soledad, frustración, aburrimiento y/o enfado, junto con sentimientos de miedo y desesperanza.
– Generar espacios para compartir, exteriorizar y conversar sobre los sentimientos.
– Mantener el contacto con la familia o los vecinos. El aislamiento no es un buen consejero.
– Buscar oportunidades seguras para ayudar a otros.
– Establecer rutinas de alimentación, higiene, sueño, esparcimiento.
– Dosificar la información a través de los medios de comunicación o las redes sociales.
– Evitar hablar permanentemente sobre los efectos negativos y devastadores.
– Cuidarde sí mismo, primeros auxilios emocionales es hacer ejercicio de manera regular, cuidar la dieta y dormir bien. Hacer cosas divertidas amables que generen gratificación.
– Evitar descontrolarse, dando indicaciones firmes pero tranquilas acerca de lo que los miembros de la familia deben hacer.
– Tener una actitud realista frente a la situación. Darle la justa importancia.
– Identificar las fortalezas y recursos psicológicos personales. Una manera es tener presentes los mecanismos exitosos usados en el pasado frente a otras situaciones difíciles.

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