Investigación contra reloj para la vacuna, que no llegará hasta el 2021

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Mientras la cifra de contagios y de muertes aumenta de forma exponencial en todo el planeta, unas 40 instituciones de investigación y compañías, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), investigan a contra reloj para hallar una vacuna que permita detener la pandemia. De esas instituciones, al menos cuatro ya tienen una candidata que han probado en animales; dos han comenzado ensayos clínicos en humanos esta misma semana y se espera que, durante abril, se inicien al menos otros dos más.
La velocidad con que se han obtenido esas primeras vacunas candidatas no tiene precedentes. Y aunque algunas son prometedoras, los expertos recuerdan que el hecho de que existan no implica que estén disponibles. Por el momento, están en una fase inicial en la que primero deberán demostrar que son seguras y eficaces; luego habrá que ver si existe capacidad de producción a gran escala para producir miles de millones de dosis con las que proteger a la humanidad.

Hay dos prototipos que han empezado ensayos clínicos en humanos, pero en una fase muy inicial

Con todo, la OMS no espera que haya disponible una vacuna viable antes del 2021 y algunos expertos alertan que recortar los tiempos habituales de producción de estos fármacos preventivos puede comportar riesgos, porque las vacunas que se están desarrollando son tecnologías nuevas.
Por el momento, hay dos muy avanzadas. La primera es estadounidense, de de la empresa biotecnológica Moderna Therapeutics y el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos. Este proyecto cuenta con financiación de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) así como la Coalición para las Innovaciones y Preparación para Epidemias (CEPI), una organización sin ánimo de lucro internacional creada en el 2017 en Davos, con sede en Oslo y apoyada por la Fundación Bill y Melinda Gates, el Wellcome Trust, así como gobiernos.

La vacuna se basa en ARN mensajero sintético. Técnicamente, el ARN mensajero es una molécula que traduce las instrucciones escritas en el ADN para decirle a la célula qué proteínas fabricar para poder llevar a cabo sus funciones. Moderna ha sintetizado ARN mensajero en el laboratorio y lo ha programado para que se introduzca en la célula humana y la induzca a producir proteínas similares a las del virus. Cuando el sistema inmunitario las detecta, crea una respuesta inmunitaria: se crean anticuerpos y se activan otras funciones del sistema inmunitario que protegerán a la persona, en caso de que entre en contacto con el virus.

La OMS no espera que haya disponible una vacuna viable antes del 2021

Hasta hoy, no hay ninguna vacuna en el mercado creada con esta tecnología. Moderna Therapeutics la ensayará en 45 voluntarios sanos, a quienes inyectará dos dosis con 28 días de diferencia, a la vez que hará estudios de efectividad con animales. “Nos llevará entre un año y año y medio saber si realmente funciona”, dice Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas.
Por otro lado, la otra vacuna más avanzada es una china impulsada por la Academia Militar de Ciencias Médicas y desarrollada junto a la empresa CanSino Biologics. Según un comunicado del Ministerio de Defensa chino, se empezará a probar en un ensayo clínico fase I con 108 voluntarios sanos, que están reclutando. Al frente del estudio está la epidemióloga Chen Wei, quien comenzó a trabajar en el desarrollo de este prototipo al llegar a Wuhan, origen de la epidemia de coronavirus, a finales de enero. El prototipo chino contiene sólo ciertos antígenos específicos contra el virus, pero no el patógeno, por lo que las autoridades chinas afirman que es muy segura y que, además, están preparados para producirla a gran escala.

El director del instituto ‘Global Health and Emerging Pathogens’, el biólogo y experto en enfermedades infecciosas Adolfo García-Sastre, busca una vacuna para el COVID-19 desde el Mount Sinai de Nueva York.
(Kena Betancur / EFE)
En la carrera por conseguir encontrar una vacuna eficaz contra el coronavirus –y hacerse no sólo con el prestigio internacional, sino también con una valiosa patente– también participa Europa. Esta semana también la empresa alemana CureVac ha recibido 80 millones de euros de la Comisión Europea para producir un prototipo que podría comenzar a ensayarse en humanos este verano.
Israel y Rusia también han entrado en la pugna por el antídoto contra el SARS-CoV-2. Medios israelíes publicaban que una agencia del gobierno podría anunciar que tienen un prototipo listo en los próximos días. Y tal como informaba ayer Gonzalo Aragonés en este diario, el Centro Científico Estatal de Virología y Biotecnología ‘Véktor’ ruso ha desarrollado prototipos de vacuna que pretenden probar en primates; dicen que podrían tenerla lista a finales de año.
Y en España también hay científicos trabajando para hallar una posible vacuna, para lo que el gobierno de Pedro Sánchez ha destinado 30 millones de euros. Existen al menos dos equipos, uno del Centro Nacional de Biotecnología de Madrid (CNB-CSIC) y otro
consorcio formado por el Barcelona Supercomputing Center (CNS-BSC), IrsiCaixa y el Centre de Recerca en Sanitat Animal (IRTA-CReSA) que buscan desarrollar una vacuna usando una nueva tecnología basada en VLP, es decir, partículas similares a virus. “Buscamos los puntos débiles de los coronavirus y nos centramos en el diseño del prototipo de la secuencia que tiene que ir en la vacuna para poder generar anticuerpos contra este y los otros tipos de coronavirus”, explica Julià Blanco, investigador del Institut Germans Trias i Pujol a IrsiCaixa.

En condiciones normales, obtener una vacuna puede llevar como poco una década. De hecho, la vacuna más rápida jamás generada y comercializada es la del ébola, que tardó cinco años. “La situación actual de urgencia, que ha permitido flexibilizar los criterios de seguridad, junto con la capacidad tecnológica, que ha mejorado muchísimo en la última década, son los dos factores que están permitiendo recortar tanto los tiempos”, explica Joaquim Segalés, investigador del Centro de Investigación en Sanidad Animal IRTA-CReSA y catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona.
A eso se suma que China secuenció el material genético del SARS-CoV-2, el virus que está causando la pandemia de Covid-19, y compartió la información con el resto de comunidad científica a comienzos de enero, lo que permitió comenzar a realizar estudios sobre cómo invade el virus las células humanas y progresa la enfermedad. “También nos dio la secuencia de proteínas del virus que podían formar parte de la vacuna. Apenas semanas después del brote, ya se podía comenzar a trabajar con una vacuna”, destaca Blanco, quien cuestiona las prisas con que se están comenzando los ensayos clínicos.
Otro factor importante que ha permitido esa velocidad de vértigo en el diseño de prototipos vacunales es que el nuevo coronavirus comparte entre el 80 y el 90% de su material genético con el virus que causa el Síndrome Respiratorio Agudo (SARS), que ya causó una epidemia entre 2002 y 2004, de ahí su nombre, SARS-CoV-2. Por lo que los científicos partían de conocimiento previo. “Sabemos qué proteína buscar como diana”, señala Segalés, que apunta a “la proteína ‘S’, en la superficie del virus y que forma la característica corona del virus, capaz de generar una respuesta inmunitaria muy contundente”.

Pero, ¿llegará alguna de esas vacunas al mercado? Muchas de las que han comenzado un primer ensayo clínico y las que lo harán en los próximos meses se quedarán por el camino, bien porque no sean seguras o porque no sean efectivas. Uno de los riesgos que existen es que puedan agravar más la enfermedad en aquellos que reciben la vacuna. De ahí la importancia de realizar estudios preclínicos en animales antes de pasar a humanos. Tampoco se sabe si alguno de esos prototipos logrará generar memoria inmunitaria.
Aunque otro factor clave que influirá será el económico. Segalés recuerda que para la epidemia de SARS del 2002-2004 se consiguieron prototipos de vacuna muy eficaces. “Se hicieron incluso ensayos clínicos exitosos, pero no se llegó a registrar ningún producto. Lo mismo ha ocurrido, al menos hasta el momento, con el coronavirus MERS. Por tanto, habrá que ver si la vacuna para controlar la Covid-19 tarda al menos un año, quizás ya no la necesitaremos a efectos globales o solo para algunos colectivos”.
Una vez la epidemia se controle, si no desaparece del mapa como ocurrió con la SARS y continúa habiendo casos que repuntan en invierno o se mantienen a lo largo del año, habrá que ver si los brotes se restringen a una parte del planeta, o si la humanidad genera inmunidad colectiva que mantenga el virus bajo control. “Y, por tanto, que fabricar una vacuna para el SARS-CoV-2 no será un negocio rentable”.

Para Blanco la clave es pensar a largo plazo, no solo en este coronavirus sino en los que vendrán. “Tenemos que acostumbrarnos a que el salto de virus entre especies será cada vez más común: convivimos muy juntos humanos y animales, hay una densidad elevadísima de población y tenemos una movilidad tan alta que cualquier virus es global en poco tiempo”. Por eso es importante, prepararse para los futuros brotes “generando vacunas capaces no solo de combatir un coronavirus en particular, sino todos los que posiblemente nos llegarán”.

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